El Año de la Fe

«La puerta de la fe» (cf. Hch 14, 27), que introduce en la vida de comunión con Dios y permite la entrada en su Iglesia, está siempre abierta para nosotros. Se cruza ese umbral cuando la Palabra de Dios se anuncia y el corazón se deja plasmar por la gracia que transforma. Atravesar esa puerta supone emprender un camino que dura toda la vida. “Porta fidei” de Benedicto XVI.

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Noveno mandamiento: III Parte - Final
Viernes, 25 de Septiembre de 2009 00:00

Dice el noveno mandamiento: “No desearas la mujer/el varón de tu prójimo” – III Parte: Final –

Análisis y estudio por Padre: Antonio Rivero LC.

III. EL SENTIDO DEL PUDOR

No sé si aquí es el momento de hablarte del pudor. Podía haberte hablado de él también en el sexto mandamiento. Pero como ambos mandamientos están tan unidos, quiero ahora dedicarte unos renglones a esta defensa de la pureza, que es el pudor. Pues tu falta de pudor provocará en quien te ve malos deseos y malos pensamientos. Por eso quiero tratarlo aquí en el noveno mandamiento que te manda “No consentirás pensamientos ni deseos impuros”.

¿Qué es el pudor?

El pudor consiste en defender la dignidad de nuestro cuerpo, evitando que aparezca como un simple objeto de deseo sexual de los demás.

La educación del pudor viene a ser el contrapeso de una actitud puramente naturalista frente al hecho de la sexualidad.

Frente al exhibicionismo sexual, que tan intencionadamente se propaga y con tanta insistencia lo practica y lo acepta la gente, es útil recordar que son tan necesarios hoy como siempre el pudor y la modestia.

Giambattista Torelló sintetiza con acierto las ideas de Max Scheler sobre el pudor en las siguientes palabras: “Max Scheler, en su excelente opúsculo sobre el pudor, enseñaba que la unidad de la existencia humana, que el amor fundamental, está protegido por nuestra misma naturaleza. Este sentimiento vital, tan fácilmente ridiculizado, se distingue radicalmente del miedo, de la vergüenza, de la ignorancia y de la coquetería que lo caricaturiza. El pudor es el área de seguridad del individuo y de sus valores específicos, delimita el ámbito del amor, al no permitir que se desencadene la sexualidad cuando la unidad interna del amor no haya nacido aún. El pudor no sólo da forma humana a la sexualidad, sino que favorece además su armónico desarrollo. Las caricias de los amantes, la exquisita sensibilidad de los verdaderos señores nada tienen que ver con la brutalidad y la grosería de los primitivos e ignorantes. La finura del verdadero pudor mana de altos pensamientos y fuertes pasiones, no de mentes cerradas, embotadas por prejuicios contra todo lo que sea carnal”.

El pudor podría también definirse como la cualidad exclusivamente propia del hombre que actúa en defensa de la dignidad de la persona humana y del auténtico amor. El pudor sirve para frenar comportamientos y actitudes que oscurecerían la dignidad del ser. Es un medio necesario y eficaz a la hora de demostrar el señorío sobre los instintos y vale para integrar la vida afectivo-sexual en el marco armonioso de la persona.

No debes olvidar que el pudor es un instinto natural, que protege espontáneamente la propia intimidad.

Gracias al pudor, aprenderás a respetar tu propio cuerpo como don de Dios, miembro de Cristo y templo del Espíritu Santo; aprenderás a resistir el mal que te rodea, a tener una mirada y una imaginación limpias y a vivir en el encuentro afectivo con los demás un amor verdaderamente humano, sin excluir los elementos espirituales.

Te invito al pudor. Tienes que tener especial pudor en tu vestir. Determinados tipos de escotes o minifaldas, trajes ceñidos, etc., no pueden dejar de llamar la atención sobre los aspectos provocativamente sexuales del cuerpo femenino.

Y no es simple cuestión de más o menos tela. Es mucho más importante el significado de “disponibilidad sexual” que está asociado a un modo de vestir. Puede suceder que, con más tela, haya menos pudor. Unos pantalones pueden ser más cortos que una minifalda, pero aunque la minifalda enseñe menos, destaca más lo sexual, porque provoca la percepción asociada de una mayor disponibilidad.

Ése es también el caso de ciertas tribus sin cultura ni técnica, que habitan en zonas húmedas y calurosas. Las circunstancias ambientales y su falta de técnica hacen imposible un vestido adecuado, por lo que van casi desnudos. El pudor se suele expresar disimulando lo estrictamente sexual, mediante un simple ceñidor. Esa desnudez no tiene ningún significado de disponibilidad sexual, y así lo sienten todos.

Es más, en esas mismas tribus, cuando una mujer quiere llamar la atención del hombre, lo que hace es precisamente cubrirse el pecho. Las leyes de la percepción hacen que eso llame más la atención, puesto que nunca iba cubierta. Y lo que no se ve, pero se imagina, es más provocativo que lo se ve normalmente, porque las circunstancias hacen que ese modo elemental de vestir sea el único posible, y por tanto, que sea púdico. En esas circunstancias, la percepción del conjunto de la sociedad está habituada a expresar el pudor y el impudor siempre de la misma manera.

Una percepción de este estilo sería imposible en un lugar como el nuestro, en el que el clima exige cubrirse. El simple hecho de ir vestido, altera totalmente la percepción de la intimidad corporal. Si estamos acostumbrados a vernos vestidos, la desnudez tiene un significado radicalmente distinto, destaca una disponibilidad sexual que no se presenta en la percepción de quienes por necesidad van habitualmente desnudos.

He aquí una ley natural que ninguna voluntad puede alterar, ni siquiera por el afán de una pretendida naturalidad. Lo natural para el hombre y la mujer depende de su formación cultural, pues esa formación altera unos modos naturales de percepción, difícilmente alterables. El fenómeno contemporáneo de la pérdida del pudor y del nudismo es algo totalmente distinto de la desnudez habitual y constante e inevitable de esas tribus, de las que hemos hablado.

Una vez que las condiciones ambientales, técnicas, culturales, establecen unas leyes propias del pudor, se define espontáneamente la frontera entre lo púdico y lo impúdico. Y se establece el límite natural de la intimidad personal.

Cuando una persona no cuida su propia intimidad corporal, eso significa que no tiene una dignidad personal que salvar. La prostitución destruye lo más íntimo de las personas, por eso provoca tanta lástima o tanta repugnancia. Quien entrega el cuerpo sin entregar el alma, se prostituye. Quien entrega la intimidad corporal sin entregar la intimidad personal, se prostituye, se ofrece a sí mismo como objeto de deseo, anula su propio carácter y dignidad de persona.

Por eso, la desnudez, la apertura de la intimidad corporal, ha de ir siempre ligada a la entrega mutua y total de la propia persona, que se realiza en el matrimonio. La desnudez es signo de disponibilidad, de abandono y entrega plena, por eso exige que haya una entrega mutua y para siempre.

Si no, habría prostitución, por parte de uno o de otro. Si la desnudez no es expresión de una entrega personal, entonces es que esa persona se está presentando ante los demás como simple objeto disponible, con su inevitable valor sexual en primer plano de utilidad.

Vamos ya aterrizando y concluyendo este mandamiento. Si vives éste, será más fácil el sexto, que a veces tanto te cuesta. No pierdas nunca de vista que estás llamado a alcanzar grandes ideales. Estás llamado a ser mar y no charco.

Dios creó a los demás seres humanos y a la naturaleza buscando el bien; míralos siempre con ojos limpios, que vean más allá de lo material. Busca siempre lo más alto, lo mejor para ti y para los demás, comportándote de acuerdo a tu dignidad de cristiano, siendo un ejemplo de pureza y grandeza de alma.

Termino con una pregunta, ya ves. ¿Se puede ser puro?

Es difícil, pero se puede. Con la gracia de Dios que te ofrece en la oración y en la confesión. Con la vigilancia de tus sentidos: “Vigilad y orad, para no caer en tentación”, te dijo Jesucristo en el Evangelio. También acude humilde a la Virgen María y a San José.

Selecciona cuidadosamente tus amigos y los lugares a los que asistes con ellos. Aléjate de las situaciones peligrosas. Evita ponerte en peligro asistiendo a espectáculos o lugares sospechosos. Procura tener entretenimientos sanos, en lugares y a horas adecuadas. Selecciona cuidadosamente todo lo que entra por tus sentidos: lo que ves, lo que oyes, lo que pruebas. Vístete de una manera digna de un hijo de Dios. Cuida tu cuerpo con pudor y no permitas que por tu culpa, otros tengan pensamientos y deseos impuros. No todas las modas son adecuadas para ti, pues muchas no respetan tu dignidad. ¡No te dejes engañar! ¡Cuánta paz proporciona la pureza! No la sacrifiques por nada.

Resumen del Catecismo de la Iglesia católica

2528 Todo el que mira a una mujer deseándola, ya cometió adulterio con ella en su corazón” (Mateo 5, 28).
2529 El noveno mandamiento pone en guardia contra el desorden o concupiscencia de la carne.
2530 La lucha contra la concupiscencia de la carne pasa por la purificación del corazón y por la práctica de la templanza.
2531 La pureza del corazón nos alcanzará el ver a Dios: nos da desde ahora la capacidad de ver según Dios todas las cosas.
2532 La purificación del corazón es imposible sin la oración, la práctica de la castidad y la pureza de intención y de mirada.
2533 La pureza del corazón requiere el pudor, que es paciencia, modestia y discreción. El pudor preserva la intimidad de la persona.


Del Compendio del Catecismo de la Iglesia católica

527. ¿Qué exige el noveno mandamiento?
El noveno mandamiento exige vencer la concupiscencia carnal en los pensamientos y en los deseos. La lucha contra esta concupiscencia supone la purificación del corazón y la práctica de la virtud de la templanza.

528. ¿Qué prohíbe el noveno mandamiento?
El noveno mandamiento prohíbe consentir pensamientos y deseos relativos a acciones prohibidas por el sexto mandamiento.

529. ¿Cómo se llega a la pureza de corazón?
El bautizado, con la gracia de Dios y luchando contra los deseos desordenados, alcanza la pureza del corazón mediante la virtud y el don de la castidad, la pureza de intención, la pureza de la mirada exterior e interior, la disciplina de los sentimientos y de la imaginación, y con la oración.

530. ¿Qué otras cosas exige la pureza?
La pureza exige el pudor, que, preservando la intimidad de la persona, expresa la delicadeza de la castidad y regula las miradas y gestos, en conformidad con la dignidad de las personas y con la relación que existe entre ellas. El pudor libera del difundido erotismo y mantiene alejado de cuanto favorece la curiosidad morbosa. Requiere también una purificación del ambiente social, mediante la lucha constante contra la permisividad de las costumbres, basada en un erróneo concepto de la libertad humana.

LECTURA: Extraída del libro “Creados para amar” (1), de Daniel-Ange, editorial Edicep, pág. 69 y 70

La impureza, ¿engranaje, esclavitud?


“Cualesquiera que sean sus diferentes expresiones, la impureza se convierte en un atentado a tu libertad: ¡se convierte tan rápidamente en obligación! (un poco como el hachís o la marihuana: tobogán para la heroína). Se mete el dedo y todo el cuerpo va detrás. Y eso no atañe sólo a tu cuerpo, sino a tu voluntad, que se halla anestesiada. Al comienzo, se controla, al final escapa a todo control. Igual que esos patinazos controlados que se convierten en pasos conducentes al abismo. Y poco a poco viene la dependencia. El deseo ya no es deseo, se ha convertido en necesidad.

El engranaje: ¡qué esclavitud! Como todo pecado, la impureza se presenta a ti como un amigo: “aquí estoy para servirte, para darte felicidad”. Si le abres la puerta de vez en cuando, se convierte en un invitado ocasional. Pero poco a poco se instala en tu casa. Imposible desalojarlo. Se siente como Pedro por su casa. Te impone sus caprichos. Te conviene obedecer si no quieres represalias. ¡Es el dueño en tu hogar, si no es el déspota!

Cuántos me confiesan hallarse completamente sometidos a la dependencia de sus deseos sexuales, incapaces de resistir, de dominarse y de elegir: no son ya libres para detenerse. A pesar de hacer prodigios de buena voluntad y de voluntad simplemente. ¡Qué deterioro de una juventud! La impureza no es el pecado más grave, pero en cierto sentido es el más perturbador, pues nos ataca en ese punto neurálgico en el que se anudan las relaciones entre el alma, el corazón y el cuerpo: en lo más íntimo de nosotros mismos. Ahí peco contra mí mismo.

Además, confiésalo. La impureza, ¿no te deja acaso un gusto amargo –incluso un disgusto- algo así como las “resacas” después de la droga? Te sientes humillado, nada orgulloso, decepcionado de ti mismo por haber caído más bajo. Decepcionado porque a cada caída prometes no recomenzar y secretamente sabes que vas a reincidir. Decepcionado por un adversario que te ha engañado, que te ha atraído con el señuelo de algo estupendo. ¡Y cómo te ha engañado!

Te lanzas, te consumes; te arrojas y te hundes. Breve embriaguez y la tristeza después”.

OTRA LECTURA: Extraída del libro “Dios y el mundo” de Joseph Ratzinger, una conversación con Peter Seewald, al explicar el noveno mandamiento de la Ley de Dios.

Pregunta de Peter Seewald: El noveno y el décimo mandamiento: “No desearás la mujer de tu prójimo, “No codiciarás los bienes ajenos”.

Respuesta del cardenal: Estos dos mandamientos están interrelacionados, desbordan con creces lo externo, lo fáctico, pues afectan a los pensamientos íntimos. Nos dicen que el pecado no comienza en el instante en que consumo el adulterio o arrebato injustamente la propiedad al otro, sino que el pecado nace de la intención. Por eso no basta simplemente con detenerse, por así decirlo, ante el último obstáculo, porque esto ya es imposible si no he preservado en mí el respeto íntimo a la persona del otro, a su matrimonio o a su propiedad.

Es decir, el pecado no comienza en las acciones externas y palpables, sino que se inicia en su suelo nutricio, en el rechazo íntimo a los bienes del otro y a él mismo. Una existencia humana que no purifica los pensamientos, tampoco puede en consecuencia ser acorde con los hechos. Por eso aquí se apela directamente al corazón del ser humano. Porque el corazón es el auténtico lugar primigenio desde el que se despliegan los hechos de una persona. Sólo por este motivo debe permanecer, por así decirlo, claro y limpio.

  1. Lo puedes consultar en el libro 2 de Samuel, en el capítulo 11.
  1. Narcisismo es la manía propia de Narciso, personaje mitológico, hombre que cuida demasiado de su adorno y compostura, o se precia de galán y hermoso, y enamorado de sí mismo. ¿Sabes cómo terminó Narciso? Al mirarse en el espejo de las aguas de un río se enamoró de sí mismo y se tiró al agua para abrazarse a sí mismo y, claro, se ahogó. Tonto, él.
  1. En su libro “Moralia” 31, 45.
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    TEMAS DE RESPUESTA EN EL FORO

    1. ¿Cuál es la diferencia entre el sexto y el noveno mandamiento?

    2. ¿Sabes distinguir entre sentir y consentir? ¿Dónde está el pecado: en el sentir o en el consentir? ¿Por qué?

    3. ¿Qué medios tienes a tu disposición para adquirir y aumentar en la pureza interior de tu corazón?

    4. ¿Puedes mirar las obras de arte, donde hay desnudos? ¿Cuál es la relación entre ética y estética?

    Esperamos tus comentarios en el foro de la 11a. sesión
    Noveno Mandamiento: No desearás a la mujer o al varón que no te pertenece.

  Preguntas o comentarios al autor P. Antonio Rivero LC

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